Cuando la mente se apaga, el cuerpo responde: mi regreso al equilibrio.

Llevo un tiempo con la energía desequilibrada y lo positivo es que soy consciente de ello. Hace un mes mi abuela entró medio muerta al hospital. Cosas que pasan de un día para otro, que no se esperan y suceden. Les hablé de ella en la entrada de «Maruja y sus 91 años».

Fue a urgencias y, como estuvo allí mucho tiempo, hubo cambio de turnos. Tenían que operarla. El primer médico dijo que, si fuera su madre, la dejaría sufrir y en tres o cuatro días moriría. La segunda médica defendía que la vida prevalece, que había que operar y que, si moría, por lo menos lo habrían intentado. Una posición difícil para la familia, pues la incomodidad de la claridad es menor que el sufrimiento de la confusión.

Entre tanto, he dejado de golpe aquello que me sostiene a nivel personal: tengo una rutina estable de actividad física, lectura y meditación. Sé que apartarlas ha influido en mi declive, incluso han aparecido pensamientos oscuros que ya no habitaban en mí. 

También ha brillado por su ausencia el trabajo de compensar mi energía: tengo un profundo conflicto con el recibir y un desbordamiento en el dar. Al final, he perdido la dirección, cayendo en un desorden mental y físico: como es adentro es afuera.

Los que me siguen habrán visto que publicaba las entradas vacías, y les pido disculpas, no me encontraba en condiciones de escribir. Ahora que he cambiado de lugar y he vuelto a respirar con consciencia, a mirar al mar y a correr por la playa, puedo ponerme al día con este blog. El equilibrio no se piensa: se practica.

Comparto esto porque, si como yo, han entrado en la rueda del hámster que solo cansa y no lleva a ninguna parte, tienen que parar y ver cómo salir de la jaula.

Les comenté en mi entrada «El poder del lenguaje corporal» que me encantan los cuerpos: veo la perfección en ellos. Una de las formas de activarlos es con el movimiento; y de comprenderlos, mirando hacia dentro y respirando. Nuestro cuerpo tiene mucho poder sobre la energía: es una gran herramienta. Funciona mejor cuando está en acción. Cuando está apagado, la mente empieza a apagarse.

Estamos diseñados para movernos y, cuando permanecemos demasiado tiempo inmóviles, el cuerpo comienza a enviar señales de bajada de energía: la circulación se vuelve más lenta, los hombros caen, la mirada va hacia el suelo, la postura se encorva… El estado emocional se refleja inmediatamente en el cuerpo y sé, por experiencia, que el proceso también funciona al revés: el cuerpo influye directamente en el estado mental.

Las investigaciones del psicólogo William James, uno de los padres de la psicología moderna, ya sugerían hace más de un siglo: “No lloramos porque estamos tristes; estamos tristes porque lloramos”. Y yo les digo: no esperen a sentirse bien para moverse; muévanse para volver a sentirte bien.

Estudios recientes de neurociencia y psicología conductual han demostrado que el movimiento corporal puede influir en la química del cerebro. Cuando el cuerpo se activa, aumenta la liberación de sustancias como la dopamina y las endorfinas, asociadas con la energía, la motivación y el bienestar. Como vimos en la entrada de «El ejercicio físico es un gran antidepresivo»: el movimiento no solo fortalece los músculos, sino que enciende el sistema mental. 

En movimiento todo se reajusta.

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