Sin interferencias.
Empecé el año con el propósito de no decirles a mis vecinos de arriba que escucho nítidamente los gritos de sus hijos cada mañana desde primera hora. Decidí tomármelo como una oportunidad para levantarme antes, incluso los fines de semana. Hace casi un mes comenzaron a hacer obras en su vivienda. Un día coincidimos en el ascensor y, con educación, le comenté al padre que agradecería que los niños hicieran un poco menos de ruido por las mañanas. Entre las obras y el jaleo habitual, el descanso se estaba volviendo complicado. Al día siguiente, a las 7:30, cantaron cumpleaños feliz, arrastraron sillas, hubo aplausos. Entendí que estaban de celebración. Era día lectivo y fue breve, lo que les dio tiempo antes de que empezaran los martillazos. El sábado pasado me debatía entre subir o aguantar. No pude más y, en pijama, llamé al timbre. Le pedí amablemente si podían intentar hacer menos escándalo. La madre me contestó: —¿Y qué quieres que haga yo? Un niño de año y medio y una niña de tres n...