El miedo.
Las emociones no son ajenas a nosotros; constituyen nuestra identidad y siempre traen consigo un mensaje. Cada mecanismo del cerebro tiene un sentido y cada emoción cumple su función, por lo que intentar suprimirlas o evitarlas puede conducirnos a una mala gestión emocional. Escucharlas, comprender qué intentan decirnos y transformarnos a partir de ellas es una parte esencial del crecimiento personal.
El miedo es una percepción interna que nos advierte sobre si los recursos que tenemos son suficientes para afrontar una circunstancia. Nace en la distancia que hay entre la magnitud de la amenaza y la valoración que tenemos de nuestras herramientas. Es esa voz que susurra: “cuidado, esto puede ser peligroso”. El problema aparece al no diferenciar cuánto de una situación particular tiene que ver con el miedo y cuánto estamos agregando desde nuestras experiencias, pensamientos o heridas previas.
Sin miedo, el ser humano probablemente se habría extinguido: forma parte de la supervivencia. Gracias a él, cuando percibimos un peligro, el organismo se activa y se prepara para responder. Por eso no es negativo en sí mismo: es funcional, necesario y protector. El inconveniente surge cuando deja de ser una señal y se convierte en quien toma las decisiones por nosotros.
Es el espacio entre el reto y nuestra confianza; por eso debe ser un compañero de viaje, pero nunca el conductor.
De entrada, todo lo nuevo implica incertidumbre y salir de la zona conocida —dejar atrás lo previsible—, rara vez resulta cómodo.
Sin embargo, el miedo disminuye cuando aumenta nuestra capacidad para enfrentarnos a aquello que lo provoca. Hay miedos que pueden ir desapareciendo conforme nos acercamos poco a poco a ellos. La experiencia, la exposición progresiva y el aprendizaje fortalecen nuestros recursos.
También es cierto que hay personas que nacen más miedosas que otras. Aprender que uno mismo puede resolver problemas y atravesar dificultades es fundamental para construir seguridad. Muchas veces, los niños más vulnerables reciben una sobreprotección que les impide desarrollar confianza en sus propias capacidades.
La confianza y la seguridad no aparecen de un día para otro; se trabajan. Los resultados no son inmediatos, aunque todo lo que se cultiva con paciencia termina dando fruto. En ocasiones, venimos de entornos donde se nos dio la seguridad y estabilidad emocional; otras veces, crecimos con personas que no podían enseñar un lenguaje que no conocían.
Por eso es tan importante comprender nuestro estilo de apego. Una persona con apego seguro suele confiar en sí misma y tener mayor capacidad para recapacitar, aprender de la experiencia y establecer relaciones. Cuando venimos de vínculos marcados por la traición, el abandono o la inseguridad, confiar resulta difícil. A través de la introspección, la reflexión y el aprendizaje consciente, siempre existe la posibilidad de reconstruirnos.
La necesidad de intentar controlar el entorno puede ser una pérdida de energía y, por ende, de tiempo. Ponemos la atención en lo que ocurre fuera de nosotros sin darnos cuenta de que el comienzo es aprender a mirar hacia dentro.
El objetivo no es vivir sin miedo, sino aprender a caminar con él.
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