Pirámide alimentaria: entre la nutrición y el negocio
La versión más famosa fue publicada en 1992 por el United States Department of Agriculture (USDA), una agencia gubernamental estadounidense encargada tanto de promover la agricultura como de elaborar recomendaciones dietéticas.
Esta doble función ha llevado a algunos investigadores a
cuestionar hasta qué punto determinados sectores agrícolas —como los
productores de cereales, lácteos o carne— pudieron ejercer influencia política
o económica sobre las recomendaciones nutricionales. De hecho, existe evidencia
histórica de presiones de diferentes industrias alimentarias durante la
elaboración de las guías nutricionales.
Uno de los aspectos más llamativos de la pirámide era la
gran importancia otorgada a los cereales. Se recomendaban entre seis y once
raciones diarias de pan, arroz, pasta y otros productos derivados. Con el
tiempo, la investigación nutricional mostró que no todos los carbohidratos
tienen el mismo impacto sobre la salud: no es lo mismo consumir avena o arroz
integral que cereales azucarados, ni pan integral que pan blanco
ultraprocesado.
La pirámide original no diferenciaba suficientemente estas cuestiones, por lo que recibió numerosas críticas. Además de poner demasiado énfasis en la cantidad de cereales, no distinguía adecuadamente entre grasas saludables y grasas perjudiciales, trataba de forma similar alimentos muy distintos desde el punto de vista nutricional y podía estar influida indirectamente por intereses agrícolas. Por lo tanto, no ha quedado más remedio que corregir varias de sus recomendaciones.
Como alternativa, investigadores de Harvard T.H. Chan
School of Public Health propusieron un modelo que otorgaba mayor protagonismo a
las verduras, frutas, legumbres, frutos secos, grasas saludables como el aceite
de oliva y cereales integrales en lugar de refinados.
En 2011, Estados Unidos sustituyó la pirámide por el modelo
MyPlate. Este representa un plato equilibrado en el que aproximadamente la
mitad corresponde a frutas y verduras, una cuarta parte a proteínas y la cuarta
parte restante a cereales, preferentemente integrales.
Actualmente existe un amplio consenso científico en que una
alimentación saludable depende más de la calidad de los alimentos que de seguir
una pirámide rígida. Verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos
secos, aceite de oliva, pescado y otras fuentes de proteína de calidad ocupan
hoy un lugar central, mientras que se
aconseja limitar el consumo de ultraprocesados y bebidas azucaradas.
Este caso ilustra cómo decisiones que afectan directamente a nuestra salud no siempre se desarrollan únicamente a partir de la evidencia científica, sino también dentro de contextos sociales, políticos y económicos concretos como se demostró en la pandemia.
Son vitales las revisiones periódicas a la luz de
los nuevos conocimientos científicos, asegurando que la calidad de vida de la
población esté siempre por encima de cualquier otro interés.
Entre la ciencia y la industria ¿bienestar
o interés económico?
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