Contrapunto de luz y esperanza

Compartí en «De El Quijote al móvil», «La cortesía cotidiana en tiempos de prisa» y «La gente va a su aire» situaciones que vivo en mi día a día, gestos que a veces me pesan en el alma. Centrada en lo que falla, les hablé de individualismo, de la falta de civismo y de implicación. Sin embargo, al conocer a Jenny vimos que la realidad no es de un solo color y, por eso, hoy quiero continuar enseñando la otra cara de la moneda.

De mi experiencia en el centro de salud mental, no me voy a quedar con la apatía de algunos, sino con el inmenso regalo de cruzarme con profesionales extraordinarios que le devuelven a una la fe en la vocación y en la convivencia.

Pienso, por ejemplo, en Roberto, un auxiliar que siempre está dispuesto a tender una mano. Tiene detalles tan sencillos como profundamente humanos: pone la mesa para todos, se ofrece voluntario para cualquier tarea que haga falta, llega al trabajo con margen para empezar con serenidad y no le importa ser el último en tomarse su tiempo de descanso. También Manoli se interesa por el bienestar de los residentes; recuerdo un día que se enfadó porque no se hicieron las tareas de la noche y lo dijo sin miramientos, sin importarle que sus compañeros la escucharan: demostró que su sensibilidad por los usuarios está por encima del resto, lo que me causó profunda admiración. Al igual que Marisa, una educadora social que me ha explicado todo paso por paso con una implicación absoluta. Trabajar con ellos recuerda por qué elegimos profesiones dedicadas al cuidado de los demás.

He tenido la suerte de contar con Sara, es una chica joven y sobresaliente que, lejos de ejercer el mando con distancia o superioridad, lidera desde la cercanía. Hace todo lo que puede para que los trabajadores nos sintamos a gusto, escuchados y respaldados. No pone pegas a los cambios de turno, escucha nuestras sugerencias y organiza reuniones semanales para analizar juntos qué podemos mejorar. Su madurez y compromiso son un faro de aire fresco.

Durante mi viaje laboral, he encontrado perfiles luminosos y empáticos, como Khadija —coordinadora de centro— y Fuensanta. Ambas me abrieron la puerta de la fundación donde trabajan, me hicieron sentir válida, me facilitaron en lo que pudieron que viniera de fuera y finalmente consiguieron que estuviera más cerca. Da gusto encontrar líderes que gestionan desde la comprensión y el respeto. Personas que demuestran que la inteligencia emocional y la generosidad en el trabajo todavía permanecen.

Al final, como suelo decir, somos gotas del mismo océano. Del mismo modo que me duele ver la desconexión, me llena el corazón comprobar que también hay quienes deciden cuidar la mesa, el tiempo, al equipo y a los usuarios. Ellos son la prueba viva de que la entrega, la amabilidad y la empatía siguen existiendo.

Rodearse de personas luminosas es un regalo y decidir ser una de ellas solo depende de nosotros.

 

 

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