Muchísimas Felicidades Jorge Emanuel.
Hoy es el cumpleaños de aquella persona de la que les hablé en mi entrada De luna a luna, con quien compartí septiembre y posiblemente no vuelva a ver. Desde donde me lea, le envío mi felicitación y mis mejores deseos, con toda la energía que puedo ofrecer.
De alguna manera, esta Luna llena parece acompañar la sensación de remate del año. No solo coincide con el perigeo lunar —el momento en que la Luna se acerca más a la Tierra y se convierte en una Superluna—, sino que también ocurre durante un "standstill" (parada) lunar mayor, el punto del ciclo de 18'6 años en el que alcanza sus declinaciones más extremas. Desde el hemisferio norte, se eleva más alta de lo habitual en su culminación.
Es conocida en muchas tradiciones como la Luna Fría o la Luna de las Noches Largas. Llega en el periodo más oscuro del año, cuando la naturaleza se recoge y el invierno invita a la interioridad. Nuestros ancestros no necesitaban calendarios para intuir que este es un tiempo de conclusión, de recogimiento y de preparación silenciosa para el ciclo que viene.
En las culturas antiguas marcaba un final. Su luz actuaba como un espejo, no del rostro, sino del alma. Era el momento de mirar hacia atrás con honestidad y reconocer lo que el año había enseñado —con suavidad o con crudeza—. Se entendía que la serenidad invernal no era estancamiento, que la naturaleza descansa y el alma pide silencio, orden y fuego interno.
Quienes nos precedieron sabían que lo que parece quietud por fuera es germinación por dentro.
Muchas comunidades realizaban rituales de purificación —quemar hierbas, ofrendas o símbolos del año que termina— entendiendo que no se puede entrar en un nuevo ciclo con cargas que ya no sirven. La Luna Fría es una invitación a soltar lo viejo con dignidad. Un faro espiritual que revelaba intuiciones, caminos y decisiones que estaban en penumbra.
En pleno invierno, incluso en el momento más oscuro siempre hay una luz guía.
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