Mi querida Jenny, mil gracias por todo

He estado de viaje, algo que siempre aconsejo: viajar es un aprendizaje. Para mí, llegar a un lugar desconocido, sin entender el idioma, sin teléfono, ni contactos, activa mi conexión con el todo. La gente suele preguntarme si no me da miedo viajar sola, qué voy a hacer si pasa algo, incluso hay quienes me recuerdan que de un accidente de avión nadie se escapa. En cambio, antes de irme sé que irá bien porque cuando salgo de mi zona de confort, siento que no viajo sola, como si una fuerza interior me acompañara.

Eso no significa que haya sido perfecto. Claro que he tenido mis más y mis menos. De hecho, tuve una situación que no esperaba. Pensaba que iba a estar en un sitio y, de alguna manera, se podría decir que me echaron nada más llegar.

En ese desajuste, sin entender lo que estaba ocurriendo y sabiendo que hay que afrontar lo que venga, pensé que todo pasa por algo y confié plenamente.

Fue entonces cuando conocí a Jenny. Una chica hondureña que la vida puso en mi camino y que, sin saberlo, iba a enseñarme que cuidarse es necesario y hacerse valer imprescindible.

Jenny, además de ser un ser de luz que me tendió la mano, me abrió las puertas de su casa. Me presentó a su familia y amigas, comimos juntos, compartieron conmigo y me trataron con una amabilidad increíble. Les estoy profundamente agradecida y les llevo en el corazón.

Ella que es sincera y no se anda con medias tintas, no tardó en decirme que tenía que empoderarme y ponerme en mi sitio. Suelo ir de cualquier manera, no soy dada a peinarme, ni a arreglarme, son más veces las que callo por no ofender que las que digo lo que pienso, me resulta más fácil pasar desapercibida que ocupar mi espacio. Y ella me caló en un momento.

Un día se ofreció a arreglarme las uñas, y aunque le dije que no hacía falta y que nunca me las había pintado, se puso a ello. Fue un acierto total: por vez primera me gustaron mis manos.

A la mañana siguiente, me dijo que me iba a peinar, me preguntó si me podía cortar el pelo y acepté. Después quería maquillarme y le comenté que no iba a hacer nada especial. Ella me contestó «Es para que te veas bien. Tienes que sacar lo que hay en ti. Eres guapa y no lo aprovechas. No tienes que ir bien para los demás. Tienes que ir bien para ti, aunque no tengas ningún plan».

Suelo sentir que no merezco sacar lo mejor de mí o me pregunto para qué. Jenny ha aparecido en mi vida para recordarme que no tenemos que esperar a que alguien nos valore para empezar a valorarnos, que cuidarnos es una forma de decirnos a nosotros mismos que somos importantes.

Más allá de lo superficial, también podemos descuidarnos por dentro: acostumbrarnos a aceptar cosas que no queremos, a no poner límites, a pensar que nuestras necesidades pueden esperar. Soy experta en decir «me da igual» cuando en realidad sí me importa. Por eso, si alguien se siente identificado conmigo, le propongo que se dedique tiempo y saque hacia fuera lo que ya es.

A veces la vida nos cierra una puerta que queríamos abrir porque tiene preparada otra que ni siquiera sabemos que necesitamos.

Y esta vez, detrás de esa puerta, había una mujer que me miró y me dijo:

«Tienes que sacar lo que hay en ti».

 

 

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