Mi abuela María
Hoy mi abuela cumpliría 100 años. Como ya conté en la entrada «¡24-6-24!» este día me reúno con mi tita Mari Loli para brindar por ella. ¡Felicidades María! No muere el que se va, sino el que se olvida.
La familia por parte de mi padre
es sincera y de poca mano izquierda; se puede decir que primero disparan y
luego apuntan. Siempre he pensado que tanta transparencia puede ser un desafío
más que una virtud y ahora me he dado cuenta de que mi abuela, aparentemente
seca y cortante, era una maestra de la vida.
Cuando ella está en mi mente,
siento que la paz mental no es negociable. No lo tuvo nada fácil: vivió la
posguerra, estuvo casi veinte años fuera de su país y se quedó viuda muy joven.
Contaba que salió de Murcia con una mano delante y otra detrás, y poco después,
cargando en el costado a un chiquillo, mi padre.
Con su forma directa y sin filtro, una vez me dijo: «Eres como tu primo Jose; no sabéis ni vender una escoba». Además de sentarme mal el comentario, pensé que era lógico: no me gustaba vender ni poseía ninguna habilidad comercial. Sin embargo, al recordar el contexto de aquella conversación, comprendo que en realidad me estaba diciendo que no sabía hacerme valer. Y qué razón tenía.
He pagado bien el precio de no
saber poner límites. He dicho demasiadas veces que sí cuando quería decir que
no. He sentido esa voz interior diciéndome “no hagas esto” y, aun
así, lo he hecho, pensando que negarme era egoísta y complacer sinónimo de
bondad. Creía que el afecto se demuestra haciendo lo que el otro quiere y estando
siempre disponible. Eso no es amor, es autodestrucción: una forma silenciosa de
ir olvidándome de mí misma.
Cuando empecé a aprender a decir
que no, pasé a justificarme, algo nada necesario porque los límites no
necesitan justificación: son un derecho fundamental, son la forma de proteger
nuestra energía, integridad y tiempo.
Al fin y al cabo, si uno no se
puede relajar por tener siempre algo que atender, no está viviendo, está
sobreviviendo. Esto también me hace pensar en mi abuela; con la vida tan
difícil que tuvo y todo lo que ayudó a los demás, nunca la vi angustiada ni
consumida, sino tranquila.
Una de las cosas que más recuerdo de ella era su disposición, le daba igual ir a la playa que a los Cipreses, con falda o pantalón, comer una cosa u otra; lo importante era estar con los suyos y disfrutar el momento. Quien sabe adaptarse encuentra oportunidades donde otros ven inconvenientes.
Su mayor legado no está en cómo
decía las cosas. Basta con mirar a sus hijos y a mis
primos, a los que también crio, para comprender la huella que dejó en nosotros.
Si hoy somos una familia unida, con valores, educación y de la que sentirse orgulloso, es en gran
parte gracias a ella. Tenía un carácter firme y también una enorme nobleza, era
generosa y alguien en quien se podía confiar. Nunca buscó agradar a todo el
mundo, pero sí actuar con honestidad y desde la autenticidad.
Hace nueve años que murió y
todavía quienes la conocieron siguen recordándola con cariño y hablan de “la
María” con un aprecio que nace de la gratitud: con el amor que sale del
corazón.
Entiendo que quererme bien es el
primer paso para querer mejor y poder vender una escoba. Va por ti, abuela.
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