Admiro a quienes iluminan vidas: vocación y compromiso.

Lo cierto es que mi estado de ánimo no se encuentra en su punto más alto y el viento no es mi mejor aliado, aunque de él he aprendido que el árbol más rígido es, paradójicamente, el más frágil.

En este día, marcado por la ventisca, encuentro belleza en la conjunción de los números: 24-2-24, así como en la luna de Nieve. La naturaleza nos regala la última luna llena del invierno. Sin embargo, esta armonía cósmica contrasta amargamente con la realidad terrenal que he encontrado hoy.

Esa claridad lunar parece no alcanzar a todos por igual, especialmente tras haber tenido la ocasión de reunirme con el director territorial de una fundación “comprometida" en atender las necesidades de personas vulnerables o en dificultad social. Me ha dado la impresión de que su vocación no es el motor principal; otros intereses personales parecen ocupar ese lugar, y tal vez sea esto lo que le hace tener las arcas llenas.

Tras nuestra conversación, he pensado sobre la destacada labor de los trabajadores abocados a enfrentar retos diarios. Profesionales que lidian con situaciones desafiantes en hospitales, centros ocupacionales, cuidados paliativos o prisiones; en quienes se juegan la vida en carreteras e incendios. Solo son algunos ejemplos de personas que desempeñan un importante papel en el abordaje de problemas complejos. Realmente mejoran la vida de aquellos que atraviesan sus momentos más difíciles.

Quiero expresar mi sincera admiración hacia ellos, consciente de que, en muchas ocasiones, afrontan vivencias impactantes que hasta dificultan el sueño y quitan el apetito. Su compromiso y dedicación no solo son notables, sino que contribuyen de manera significativa, creando así un impacto positivo y abarcador en diversas vidas.

En línea con la búsqueda del bienestar propio y, por extensión, el de los demás, animo a quienes no sientan verdadera vocación por su trabajo a reconsiderarlo porque es una forma de dañarse a uno mismo; y desde ese vacío, es inevitable terminar contaminando el entorno, agriando los días tanto a los compañeros como a aquellos que dependen de recibir un servicio que debería ir más allá de la mera obligación.

En el trabajo sin vocación es frecuente llenarse los bolsillos a costa de vaciar vidas.
















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