Sin comer por el otro
Mi madre siempre ha dicho: “Si mis hijas comen, es como si hubiera comido yo”. Antes pensaba que eso la hacía grande y buena persona. Ahora sé que si uno se llena viendo comer a otro, terminará muriendo de hambre.
Me enseñaron que hay que ayudar, ser empática y estar ahí; lo que está muy bien, pero no me explicaron que hay una línea fina entre apoyar a alguien y convertirse en su depósito emocional.
Quizá por eso este sábado terminé por desbordarme mientras hablaba con Antonio. Ya conté en la entrada «Un año que ha cambiado mi mirada» cómo él ha sido clave en mi proceso, y este fin de semana volvió a demostrarme por qué.
Llevo un tiempo encallada en dinámicas que me agotan, intentando explicar cosas que considero de total sentido común y que no se reciben igual. Escuchándole, entendí que lo que me ocurre está muy ligado a la comprensión y a la necesidad de ser comprendida; que no es un castigo sino un aprendizaje.
Insisto en lo que para mí es "correcto" y olvido que cada uno procesa la vida desde un lugar distinto. No se trata de tener razón, sino de aceptar que no miramos el mundo a través del mismo cristal; querer imponer mi lógica solo me hace chocar contra un muro.
De una manera sublime, me hizo prestar atención a lo que hay más allá del mundo físico, a ser más contemplativa y observadora de lo que sucede dentro de mí, sin engancharme tanto a ello.
A medida que se explicaba, sentí como si una luz especial cayera sobre él; sus palabras tenían una sabiduría que parecía trascender lo puramente humano. Me quedó claro que tengo que confiar y aceptar, lo que no significa conformarse o resignarse.
Le dije que no quería contaminar su espacio con mi "baja frecuencia". Temía vaciarlo, como me suele ocurrir a mí. Sin embargo, él está despierto. Tiene una fuerza interior que le permite estar presente, crear, querer y vivir plenamente; sabe escuchar sin dejarse arrastrar. Su equilibrio le hace distinguir entre ayudar y responsabilizarse.
Reflexionando sobre lo acontecido, me acordé de que Poluto —un amigo que tenemos en común— me llama la “Salvadora”. He comprendido que no puedo salvar a nadie, ni poner empeño en resolver la vida de los demás. No debo hacer el trabajo interior de otra persona porque, además de dañarme, le quito la oportunidad de avanzar, afrontar sus retos, desarrollar sus propios recursos y fortalecerse. Hay que ayudar a nuestros semejantes a levantar su peso, pero no estamos obligados a llevárselo.Posiblemente amar no sea nutrirse viendo comer al otro, sino sentarse a la mesa juntos, sabiendo que cada uno debe alimentarse por sí mismo.
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