La energía con la que jugamos el partido de la vida
Estos días ha sido el mundial de fútbol, millones de personas de distintos países han estado pendientes del acontecimiento. Sin conocernos hemos compartido nervios, ilusión, tensión y alegría. Durante unas horas, todo parecía concentrarse en un mismo punto.
Es
difícil explicar lo que ocurre en esos momentos. Cada uno estaba en su casa, en
un bar o en un estadio, pero de alguna manera, todos formábamos parte de algo
común. Una emoción compartida. Una fuerza colectiva que parece crecer a medida
que más gente se conecta con ella.
Yo, que soy de España, pude vivirlo de una manera muy especial. Por eso
quiero aprovechar este espacio para felicitar a La Roja y
agradecerle que nos hiciera vibrar y nos elevara el pasado domingo.
Quizá esta sea una de las formas más fáciles de entender lo que muchas
tradiciones han llamado energía vital. No necesariamente como un
fenómeno que podamos medir o demostrar científicamente, sino como una
experiencia que se siente. Y aunque la ciencia no la defina como tal, muchas
filosofías (como el qi en la medicina china, el prana en el yoga
o el ki en Japón) emplean este concepto para describir esa sensación de
vitalidad, equilibrio y presencia.
Cada
día nos cruzamos con diferentes tipos de energías, unas nos nutren, muchas pasan desapercibidas y otras nos drenan. Vivimos sin ser conscientes de
este intercambio y es esencial aprender a identificarlo.
No es coincidencia que tras estar
con ciertas personas nos sintamos agotados. Seguro que alguna vez ha estado en
un buen entorno y, al llegar alguien: el ambiente cambia, la
conversación que era fluida se estanca, hasta ha empezado a tener pensamientos
negativos o poner en duda decisiones que tenía claras. Surgen interferencias
externas que acabamos haciéndolas propias.
Por el contrario, hay personas con
las que todo fluye. Nos aportan seguridad y cuando se van nos sentimos más alegres de lo que estábamos. Suelen atraer a los niños y a los animales, la gente las mira con
confianza, los desconocidos les cuentan cosas íntimas y perciben con facilidad
los cambios de energía.
Es posible no absorber lo que
transmiten los demás. Nuestro cuerpo tiene la capacidad natural de detectarlo:
tenemos un indicador interno que nos muestra cómo nos afecta cada interacción,
ya sea mediante una presión en el pecho, un nudo en el estómago, dolor de cabeza, emociones inesperadas como irritabilidad, tristeza inexplicable o un
cansancio repentino que incluso puede ir acompañado de bostezos.
Todos hemos estado en alta y en baja vibración. Eso no nos hace buenos o malos, solo humanos; forma parte de nuestra experiencia. La clave está en reconocer en qué estado nos encontramos.
Así como el fútbol demuestra que
podemos vibrar juntos, cada día tenemos la oportunidad de elegir en qué
frecuencia queremos jugar la vida.
No se trata de qué recibimos de
los demás, sino qué dejamos en ellos cuando nos vamos.
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