Ángel Murcia
Hoy cumpliría años mi abuelo Ángel. No le conocí pero, como ya les conté en la entrada de Somos historia: explore su legado familiar, he sentido la necesidad de saber de dónde vengo.
De la familia de mi padre he aprendido a celebrar y a luchar. Tras la Guerra
Civil, la escasez llevó al régimen franquista a implantar un sistema de control
de abastecimiento. Mi abuela solía ir a La Innovadora con la cartilla de racionamiento.
Durante esas caminatas pasaba por la casa del que fue mi abuelo, quien la
esperaba en la puerta para cortejarla. Una vez le compró una gran cesta de
flores pero su hermano se la quitó para regalársela a su novia; no se enfadó
con él, sino que consiguió otra y, a pesar de que ésta era más pequeña, el
cortejo dio resultado.
En 1950 se fueron a Madrid a pedir permiso para hacer un horno de
leña. Sin tener nada ni conocer a nadie, montaron un puesto en el Mercado de la
Cebada; él también repartía telegramas. Un primo suyo le comentó que se iba a
Venezuela y mi abuelo le dijo que se irían con él. Entre tanto, nació mi padre.
En la primera ocasión le denegaron el viaje porque no tenía oficio. En esos
días, una señora le pidió que llevara un paquete a Venezuela y él le hizo el
favor. Era muy buena persona, esa misma generosidad la reconozco hoy en mi
padre y en mi tía. La vela de su vida fue corta pero de llama intensa; el
tiempo que vivió bastó para dejar una huella imborrable y una estela que aún
permanece.
Él decía “el no ya lo tenemos”, así que volvió a intentarlo; esta vez dijo
que era agricultor. Su primo no pudo ir y se embarcó hacia Venezuela con mi
abuela, un bebé de 18 meses —mi padre— y el paquete. El compromiso de
entregarlo llevó sus pasos a la pensión de la Señora Félix, la destinataria,
quien agradecida les ayudó. Lo importante no es lo que se
promete, sino lo que se cumple.
Tuvo
diferentes trabajos: repartía sopa en muchos lugares, incluso en la cárcel;
tuvieron un puesto en La Pastora donde vendían harina, arroz, legumbres y
huevos de sus gallinas; después montó otro negocio en el que mi abuela cosía, y
pasaron de sobrevivir honradamente a vivir dignamente. El primer dinero que
ganó, se lo envió a su primo para que pudiera ir a Venezuela;
al fin y al cabo, fue quien le dio la idea y se había quedado en tierra.
Mi abuelo tenía la valentía de los pioneros, de los que no esperan a que las cosas pasen, sino que las hacen suceder: se atrevía.
Era un gran
aficionado al fútbol y apostó por el fútbol femenino. De hecho, se compró una camioneta
para recoger a las chicas y llevarlas a los partidos. Imagino la escena como de
película: agrupadas atrás, al aire libre, entre risas y con el viento en la
cara, capturando la esencia de la aventura, la precariedad de los inicios y la
pura alegría de jugar.
Removió Roma con Santiago para impulsar una liga femenina y creó uno de los
primeros equipos de fútbol femenino, que se llamó Real Murcia. Por eso, el
estadio del polideportivo de Bejuma lleva su nombre, Ángel Murcia, una persona
muy querida que incluso tiene una calle en su honor. La llama se apagó hace
tiempo; la luz, todavía nos alcanza.
Todo iba sobre ruedas hasta que mi abuelo murió. A veces olvidamos que la mera sensación de vivir ya es alegría suficiente. Regresaron a España para empezar de cero otra vez, con mi padre, de veintidós años, convertido en cabeza de familia. Mi tía, nacida en Caracas, cuenta que a su llegada, sin conocer prácticamente el país, ni a sus parientes; dependía de su padre en los momentos más cotidianos: era él quien le separaba las espinas del pescado y los huesos de la carne. Años después, mi padre repetiría ese mismo gesto conmigo y, todavía hoy, sigue preparándome la fruta.
De
ellos aprendo a soltar, a dejar ir, a volver a empezar, a no mirar hacia atrás
sino hacia delante, y a no cuestionar lo que es justo o deja de serlo: “las
cosas vienen como vienen”. En el juego de sus vidas no siempre han tenido
buenas cartas, pero saben que la cuestión es jugar bien las manos malas y
celebrar todas las partidas.
Cuando me siento herida, recuerdo que vengo de una familia de luchadores;
que hay cicatrices que sanan y otras que nunca dejan de doler, pero el simple
hecho de poder estar aquí y ahora, sin saber si nuestra vela se apagará mañana,
es motivo para celebrar.
Somos la continuación de las historias que otros empezaron.
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