Entre el temporal y la calma: mi ritual de equinoccio.

¡Felicidades a las Alejandras y Sandras! Como ya saben, en mi familia somos de celebrar y, como el calendario no tenía una fecha para Santa Sandra, mi madre eligió este día. Desde entonces, hoy es mi santo y otro motivo para festejar.

Esta noche, paseando por la playa con mi perro, el viento de levante soplaba con fuerza, el oleaje rompía con intensidad y el frío se colaba entre la ropa. Iba más pendiente de que el perro no saliera volando y de que no nos cayera nada encima que del propio paseo.

En medio de este temporal, he pensado que hoy es el equinoccio y lo he relacionado con un libro que terminé de leer hace poco: El misterio de la Cábala. Entonces, un pensamiento ha aparecido con claridad: es un día de equilibrio.

Del latín aequinoctium, compuesto por aequus (igual) y nox / nocte (noche): “noche igual”. El sol se encuentra sobre el ecuador, provocando que la noche y el día tengan aproximadamente la misma duración en todo el mundo.

El entorno se ordena, igual tiempo de luz que de oscuridad. Un día perfecto para mirar hacia dentro y equilibrar mi “vasija”, dejando que la luz entre, salga y oscile como la naturaleza que siempre encuentra su armonía.

Cuando dejamos de pelear contra nuestras sombras y confiamos en la propia luz, algo se libera; lo que estaba atascado empieza a emanar. Y ese fluir es como la floración.

Después del invierno —cada uno con su frío interior— brotar no es solo el reverdecer de los árboles. Es permitir que dentro de nosotros ocurra lo mismo que fuera. Queda la invitación abierta a vivir este fin de semana en ese punto exacto en el que la luz y la oscuridad se miran de frente sin imponerse, no como un tiempo de descanso, sino como un despertar.

El equinoccio está siendo el preámbulo para alinear mi frecuencia personal con la del momento, dejar de resistirme a lo que ya se está moviendo en mí y permitir que ese movimiento se reorganice.

Estoy dejando salir lo que he empujado hacia las sombras, dando permiso para que se abra lo que anhelo y mantengo oculto. Entre tanto, sigo aprendiendo a integrar lo fragmentado y a reconciliar los opuestos sin conflicto.

Primero se manifiesta en lo invisible, después lo visible se organiza para reflejarlo. El cambio es en el interior, y ahora es el momento, porque si intentamos despertar otro día la tierra no estará tan fértil. Y no debemos dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.

Lo que nace en primavera no es lo que se fuerza a crecer, es lo que ya estaba latente esperando el momento para abrirse sin resistencia. No es forzar, es alinear.

La vida sigue su ritmo, con o sin nosotros. Y, sin embargo, no estamos separados. Florecer no es solo individual como les compartí en la entrada Un año que ha cambiado mi mirada: somos un tejido. Cuando crece, genera un campo que facilita el crecimiento de otros. Y cuando otros florecen, fortalecen el suyo.

Entre resonancias, y tras la lectura de mi último libro, entiendo mejor que cuando compartimos algo que nos ha transformado, no solo lo expresamos sino que lo expandimos. Amplificamos esa frecuencia. Y, sin darnos cuenta, cumplimos con nuestra parte en la floración colectiva.

¡Feliz Primavera!


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