Sin interferencias.

Empecé el año con el propósito de no decirles a mis vecinos de arriba que escucho nítidamente los gritos de sus hijos cada mañana desde primera hora. Decidí tomármelo como una oportunidad para levantarme antes, incluso los fines de semana.

Hace casi un mes comenzaron a hacer obras en su vivienda. Un día coincidimos en el ascensor y, con educación, le comenté al padre que agradecería que los niños hicieran un poco menos de ruido por las mañanas. Entre las obras y el jaleo habitual, el descanso se estaba volviendo complicado. Al día siguiente, a las 7:30, cantaron cumpleaños feliz, arrastraron sillas, hubo aplausos. Entendí que estaban de celebración. Era día lectivo y fue breve, lo que les dio tiempo antes de que empezaran los martillazos.

El sábado pasado me debatía entre subir o aguantar. No pude más y, en pijama, llamé al timbre. Le pedí amablemente si podían intentar hacer menos escándalo.

La madre me contestó:

—¿Y qué quieres que haga yo? Un niño de año y medio y una niña de tres no se pueden controlar. Si no sabes vivir en comunidad, vete al campo.

Esperaba un “lo siento” o un “haré lo que pueda”. No suelen llamarme la atención, pero sí alguna vez sucede, inmediatamente lo primero que hago es disculparme y después intentar solucionarlo. Realmente no me molestó el jaleo, me dolió la forma de responder y la falta de consideración. 

Pequeñas cosas que, en teoría, no deberían tener tanta importancia y, sin embargo, se la doy. Mientras tanto, otras que sí la tienen pasan desapercibidas porque estoy atrapada en tonterías que me consumen más de lo que quiero admitir.

Cuando esto ocurre, voy donde no necesito que nadie me comprenda, como recomiendo en mi página web. Por eso estoy en la playa con mi perro, mi mejor y fiel compañía, quien alienta mi corazón y me entiende sin palabras. 

Aquí puedo identificar la raíz de por qué reacciono como reacciono. La autoobservación comienza casi al instante, en el momento que me planteo por qué vivo como vivo.

Me encanta ir a la playa en invierno porque no hay gente, desde cualquier sitio se escucha el sonido del mar sin las interferencias propias del verano. Todo se da para que disfrute de mis hábitos, pueda entrar en un proceso de apertura de conciencia y lograr salir del colapso.

Siento menos rigidez emocional. Se suaviza el juicio y disminuye la culpa. Me permito habitar un lugar más honesto y menos defensivo: ser desde lo más cercano al Ser

Entiendo que no soy el origen de todo lo que me molesta, pero sí soy responsable de cómo lo sostengo en mi interior. No se trata de evadir lo que ocurre, sino de observarlo sin personalizarlo. Cuando dejo de ser la historia que me estoy contando y me convierto en la observadora de mi propia vivencia mejoran los días. No voy a cambiar la realidad, pero puedo ampliar la perspectiva

Vuelvo con menos victimismo, más responsabilidad y una narrativa interna más amable. No como quien huye del alboroto, sino como quien entiende lo que vino a mostrarle.

Que el ruido de fuera no haga eco dentro. 


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