Ayer nos formó, hoy nos construye, mañana nos espera.

Como les conté en la entrada de Mi abuelo, hoy hace años que murió así que esta mañana he ido al cementerio con mi abuela, mi tía y mi madre. Ya saben que en mi familia la muerte se vive desde el cariño y los buenos recuerdos.

En el trayecto observaba las tres generaciones que nos hemos juntado. Mi tía decía que es quien más ha cambiado físicamente y, sin embargo, que por dentro se sigue sintiendo joven. Y es que la actitud pesa más que los años.

Cuando pensamos en lo que queda de nosotros, entendemos el valor de lo que realmente nos ha construido. No lo que aparentamos, sino lo que se ha formado en el interior. 

Quizá por eso he recordado una entrevista de trabajo que hice hace poco. La Sandra de antes —rasgos que estoy dejando atrás— probablemente no habría dicho que estudié en el Conservatorio de Danza por miedo a que asociaran el baile con la farándula. Me siento dichosa de ya no esconder aspectos de mí para encajar en la mirada de otros.

Como escribí en la entrada Estamos de viajecada momento cuenta, nos tocará bajar del tren sin equipaje ni nada material: solo lo que hemos sido y no lo que quisimos ser.

Esa idea me hace pensar en mi etapa de bailarina. Tantos años de danza profesional me han enseñado a no esperar el día perfecto, el ánimo adecuado o la energía ideal. Cada jornada era una batalla entre mi versión débil y la fuerte. Fue mucho el tiempo que guardé recuerdos duros de ese periodo. Bailar entre 30 y 40 horas semanales formó parte de mi infancia, toda mi adolescencia y juventud, lo que me dejó más sensación de desgaste que de logro.

Afortunadamente, desde que me tomé en serio mi crecimiento personal y con el tiempo que llevo mirando hacia dentro, comprendo que mucha de la fortaleza que reconozco en mí nació allí. En esa constancia, exigencia y compromiso repetido.

Aprendí a seguir cuando mi mente quería rendirse, a cumplir lo que me proponía, a no negociar con la pereza y a hacer lo que dije que haría incluso sin ganas. Mientras internamente dudaba y por fuera continuaba, mi carácter se estaba forjando.

Puede que en algunos contextos mi andadura no sume o no sea comprendida, pero no deja de ser la esencia de quien soy. No todos los espacios saben leer lo que significa ese camino, y aun así su valor permanece.

Convivo con la disciplina desde hace años y por eso quiero compartirles que no es una prisión, sino la puerta que nos da estructura y dominio propio. No encadena: libera. No encierra: fortalece. Sin ella somos más vulnerables a los impulsos, a las emociones cambiantes y a las excusas; con ella, somos capaces de ser quien queremos ser.

En los espejos de esas aulas de danza donde me miraba, aún reconozco mi reflejo. Sé que lo que haga hoy y la manera de verme formarán la imagen de mañana.

Nos llevamos lo que fuimos, lo que sentimos y aprendimos.

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