¡Feliz San Antón!
Celebrando San Antón, una fecha con tradición, especialmente en España. San Antonio Abad fue un monje que vivió en Egipto entre los siglos III y IV. Se le considera uno de los padres del monacato: dedicado a la vida retirada, la austeridad, la oración y el contacto profundo con la naturaleza.
La historia cuenta que convivía con animales y los cuidaba, por eso se le considera su patrón, especialmente de los domésticos y de granja. De ahí surge la costumbre de bendecir a nuestras mascotas y el pan del santo.
Como cada año, mi madre, mi perro y yo hemos acudido a la bendición. Recién terminada mi lectura de El mundo de Sofía y con la mente vagando entre interrogaciones filosóficas, me he dirigido al sacerdote:
—«Disculpe, ¿le puedo hacer una pregunta? ¿Los animales tienen alma?»
—«No».
Me he quedado helada: tan rotunda su certeza como profundo mi dolor. He sentido cómo, a la par de su seguridad, se abría una grieta en mi corazón.
Seguidamente, le he preguntado por el Arca de Noé. Me ha explicado que los seres humanos tenemos dos almas: una material y otra espiritual, esta última nos hace únicos frente a otras especies.
—«Entonces, si los perros son para Dios como las plantas...¿por qué los bendicen?»
—«Es un símbolo de protección», respondió.
De regreso, le he comentado a mi madre que me cuesta entender cómo, en cuestiones tan abstractas, podemos afirmar con tal certeza. Prefiero dejarlo en duda y creer que, si los animales están dentro del plan divino, quizá también haya algo pensado para ellos.
Estoy en un momento de intensa lectura trascendental, y una de las preguntas que más me acompaña es qué lugar ocupan los animales en todo esto. Aun agradeciendo sinceramente los comentarios, no los sugiero por no comprometer, y además no sé si alguien me leerá.
Me encantaría conocer diferentes puntos de vista: si lo que parece evidente es que los animales también tienen energía, y que ésta no se destruye sino que se transforma, ¿a dónde irá? ¿O nosotros mismos simplemente morimos y…?
Queda la duda suspendida, y con ella la ternura por quienes nos acompañan sin palabras y nos dicen tanto.
De mi perro aprendo a vivir el presente, a saborear cada instante como un regalo, a encontrar alegría en lo simple y cotidiano.
La vida me enseña y él me recuerda a vivirla.
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