Ser autónomo: valentía diaria.

Quiero desearles un 2026 lleno de momentos de coraje, de alegrías y de personas que nos inspiran a seguir adelante. Comenzar un nuevo año me invita a abrir el corazón y a recibir lo que la vida trae con curiosidad y gratitud.

Esta tarde he ido a comprar pienso para mi perro y allí estaba Jorge, ese ser de luz del que os hablé en la entrada Cómo la actitud de las personas puede transformar nuestro día. Hacía tiempo que no nos veíamos y me ha preguntado por mi viaje, que también compartí con ustedes en De luna a luna.

En la conversación ha surgido su curiosidad:

—«¿Y cómo viajas tú?».

Le he contestado que sola, que bailo en la calle y que con lo que saco me voy moviendo, que soy dada a la improvisación.

Entonces me ha mirado con una mezcla de admiración y desconcierto y me ha dicho:

—«Yo no podría. No me veo capaz de salir de mi zona de confort. Hay que ser muy valiente para viajar así».

Y en ese instante he recordado algo que ya compartí en Hay luz en la oscuridad: «cada uno habita su propia realidad». Lo que para uno es valentía, para otro es vértigo; lo que para uno es libertad, para otro es inseguridad.

Mi forma de viajar puede parecer peculiar pero mi realidad está muy lejos de compararse con la valentía que veo en su persona. Así se lo he comentado.

Valiente me parece él y todos los autónomos: emprendedores que apuestan por lo que quieren, que arriesgan, que levantan cada día la persiana de su negocio sin garantías.

Pienso sinceramente que las pequeñas y medianas empresas son una parte muy importante que sostiene y empuja la economía en España.

Crean empleo: no solo el suyo, sino el de pequeños equipos, proveedores y colaboradores. Mantienen vivo el tejido local: bares, comercios, talleres, clínicas, cultura, educación, innovación pequeña pero constante.

Son quienes más rápido se adaptan a las crisis —lo hemos visto en la pandemia, con la inflación, con los cambios tecnológicos— muchas veces a costa de su propia estabilidad.

Asumen un riesgo enorme: ingresos variables, cuotas fijas, poca protección cuando algo va mal.

Sin duda son una columna vertebral invisible del país, y muchas veces poco reconocida.

Siento una profunda admiración por todas esas personas que no se han rendido, que no se han encogido, que siguen apostando por lo que creen y sosteniendo no solo su propio proyecto, sino también una parte de la vida de todos. Lo que decía en la anterior entrada: «somos hijos de un mismo tejido».

Quizás la valentía no sea irse lejos, ni quedarse, ni moverse, ni echar raíces. Es simplemente ser fiel a lo que uno es.

¡Feliz Año!

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