El Día de Todos los Santos.
Es una festividad de tradición cristiana (originalmente celebrada el 13 de mayo) que encontró su lugar definitivo en el calendario el 1 de noviembre. Nos convoca a detenernos y a dedicar un espacio especial para honrar a Todos los Santos, tanto a los reconocidos oficialmente por la Iglesia como los que no han sido canonizados.
Es un momento de recuerdo, conexión con nuestras raíces y celebración de la vida a través de la memoria de quienes ya partieron. En la próxima entrada, les hablaré sobre la importancia de conocer de dónde venimos y cómo esto enriquece nuestra perspectiva del presente.
Desde pequeña he vivido esta fecha de una forma natural y especial. Me gustaba ir con mis padres y, hasta hoy, acompañarles al cementerio, donde nos encontramos con otros familiares y conocidos que también visitan a sus seres queridos. En mi casa, la muerte nunca ha sido un tema tabú; la vivimos como una parte más de la vida, con serenidad y aceptación, como un recordatorio de que cada día cuenta y de que el tiempo que tenemos es un regalo.
Como compartí en la entrada Realidades, mi madre tiene una visión tranquilizadora y enriquecedora sobre este ciclo inevitable. Para ella, no es una tragedia, sino una realidad que da sentido a nuestra existencia.
Ya que mencioné en mi entrada del 24 de junio que me gusta la película Coco, voy a aprovechar la ocasión para explicarles por qué. Más que una animación, es un homenaje a las tradiciones mexicanas. Nos invita a replantearnos la muerte desde una perspectiva luminosa y llena de significado. Muy similar a la que me ha transmitido mi madre: un proceso natural rodeado de amor.
Entre los múltiples aprendizajes que nos regala Coco, me gustaría destacar algunos de los que más resonaron conmigo.
Vivir el presente. «Vive tu momento», una frase que el protagonista escucha repetidas veces de su ídolo, el cantante Ernesto de la Cruz. «Cuando llega tu momento no puedes dejar que se vaya. Tienes que vivirlo».
Seguir el corazón, un mensaje poderoso que subraya la importancia de actuar desde la autenticidad. «El resto del mundo obedece las reglas, pero yo obedezco a mi corazón», una frase que nos enseña que la vida adquiere verdadero significado cuando seguimos aquello que nos apasiona.
Una de las escenas más emotivas —y la que nunca deja de sacarme lágrimas— es cuando Miguel toca Recuérdame para su abuela Coco. Ella, una anciana con deterioro cognitivo, vuelve a conectar con su infancia y con los recuerdos de su padre al escuchar la melodía. En ese instante, la música se convierte en un nexo de unión entre generaciones y en un acto de amor capaz de despertar memorias que parecían perdidas.
En esta historia, la muerte no se presenta como un final, sino como un puente que se atraviesa. Aunque desde el lado de los vivos no veamos físicamente a quienes lo han cruzado, ellos siguen acompañándonos mientras los tengamos presentes. Resalta así la importancia de mantener vivos a nuestros seres queridos a través del recuerdo.
Desde que vi Coco, adopté una costumbre que me llena el corazón: a menudo enciendo una vela por las almas olvidadas, aquellas personas a las que quizá nadie recuerde. Este pequeño gesto me aporta paz y me hace sentir conectada con algo más grande, como si iluminara energías que pueden apagarse.
Aprovechemos para reflexionar sobre la vida, valorar las relaciones y reconocer el impacto que dejamos en los demás. Mantener viva la memoria de quienes nos precedieron y comprender que vivir con propósito es lo que da sentido y belleza a cada día.
«La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos» —Cicerón.
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