La voz que susurra: lecciones de traición.

Estamos a día 12 del mes 12.Doce son los meses del año, doce las horas que miden el día y doce la noche. Doce son los signos del zodiaco y doce los apóstoles.

Y aun sin conocer a todos por su nombre, hay uno que recordamos: Judas Iscariote.

Siendo muy pequeña, mi madre me explicó que lo más valioso que tenemos es nuestra palabra de honor, y que no es necesario jurar cuando se tiene palabra. Que su padre —mi abuelo— le enseñó la importancia de sostenerla.
A partir de entonces, no he vuelto a jurar. He procurado honrar mi palabra, porque quien cuida su palabra, cuida su dignidad.

Estos días he atravesado la decepción de haber creído a una mujer —por llamarla de alguna manera— a la que conocí en mayo. Durante un tiempo se mostró como alguien entregada a los demás, especialmente a su familia, a la que terminó abandonando para irse con su amante, Planer.

Desde el inicio sentí una alerta interior. Una sensación difícil de explicar. Fue clara, y la ignoré.
Con el paso de los meses, la vida fue revelando incoherencias, contradicciones y situaciones que no acompañaban a sus palabras.
Como dice Mateo 5:37: “Sea vuestro ‘sí’, sí; y vuestro ‘no’, no.

Y ahí reside mi verdadera decepción: no en ella, sino en mí, por no escucharme, por dar más peso a lo de fuera que a la voz que en mi interior susurraba.

Un día me dijo:
Te juro por mis tres hijos que no quedaré mal contigo.

Y yo, que no juro, le di la importancia que para mí tiene. Así que confié y no hice caso de mis sensaciones.
Olvidé que “Por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:16‑20).

He conocido de cerca una forma de estar en la vida marcada por el lamento constante, por la sensación de agravio permanente y por la incapacidad de asumir responsabilidad. Instalada en la queja, en la idea de que todo le ocurría a ella, sin ver que aquello que no se revisa se repite.
Y los frutos, una y otra vez, hablaban de vacío, victimismo y falta de compromiso.

Con amor —porque creo profundamente en la capacidad de cambio del ser humano— intenté mostrarle otras formas de mirarse y de contemplar la vida.
Siempre respondía lo mismo: “imposible.

No se puede ayudar a quien no quiere hacerse cargo de sí mismo.
He tenido que trabajar mucho internamente para poder despedir esta experiencia con gratitud.

Desde niña, cuando alguien no me gusta, lo tomo como un espejo para aprender cómo no quiero ser. 

La palabra no se jura. La palabra se sostiene.

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