Si quiere, puede.
Hoy es el cumpleaños de dos personas muy especiales: mi amiga Ana, la conocí cuando trabajábamos en cruceros, y José Manuel, a quien también quiero mucho. Ambos comparten una alegría de vivir contagiosa que transmiten a los demás.
De ella aprendí desde la dicha y entre risas. Con él, el aprendizaje también fue significativo, aunque con asperezas, y es que cuando interviene el sufrimiento, la lección es más fuerte y profunda. No quiero quedarme con lo malo sino con lo positivo y con una de sus frases: «eres quien quieres». Una afirmación que invita a reflexionar.
Durante un tiempo me había estado amargando, pensando que me sobraban razones para sentirme mal. Decidí centrarme en el sentido que tenía mi vida y no lo encontraba. Con tanto obstáculo no veía la oportunidad. Me preguntaba a qué había venido al mundo y no lo sabía. Cambié de compañías y de trabajo —entre medias estuve sola y sin trabajar— y seguía sintiendo que no había un lugar para mí.
Este fin de semana, un conocido me contó que tenía depresión, que estaba mal y no podía estar bien con nadie. Me dijo que antes no era así. Le contesté: «si no te gusta cómo eres, cambia y conviértete en quien quieras ser». Le recomendé que visitara mi página web, que hiciera deporte, ordenara su entorno, cuidase su alimentación y fuera amable consigo mismo.
Le sugerí que, en lugar de decir «estoy mal», dijera algo así como «estoy mejor, hago lo posible para estarlo». Y le conté que yo empecé a decirme: «estoy bien, no hay otro camino». A lo que él respondió: «eso es muy fácil decirlo».
Comprendo su comentario porque he estado en ese lado. Como tantas personas, sé lo que es vivir con una depresión diagnosticada y también sentirla sin diagnóstico. He ido al psiquiatra, voy al psicólogo, tengo una buena relación con mi médica de cabecera y, en detrimento de las pastillas que debía tomarme, opté por hacer ejercicio, alimentarme bien, beber agua y ordenar. Hago introspección, medito y respiro con consciencia. Podemos cambiar la percepción de la realidad entrenando la mente. Desde mi experiencia y con honestidad, comparto desde el amor lo que me ha servido y funciona.
Como ya saben, empecé por limpiar, deshacerme de lo viejo y dejar sitio a lo nuevo. Le dije a mi cerebro que íbamos a crear un nuevo espacio en el que estuviéramos aliados y no enfrentados. Nos ha tocado vivir juntos y no hay nada peor que no soportarse a uno mismo.
Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, dijo que había dos pilares importantes a la hora de evaluar a una persona sana: el amor y el trabajo. Cuando una persona es feliz con quien está y con lo que hace, esa persona es sana; si por el contrario se sufre en una relación o se trabaja en un lugar indeseado, la persona enferma. Son dos grandes columnas donde nos apoyamos y, si una falla, tenemos la otra.
No tengo ni pareja ni trabajo. Antes me diría: «pobre de mí, con mucho amor que dar y ganas de trabajar», pero sé a dónde me lleva esa actitud: a ninguna parte y, encima de afligirme, agrio el día a quienes me rodean.
He elegido no morir en vida y vivir la vida desde el amor. Me alegro muchísimo cuando a la gente le pasan cosas buenas. Disfruto de cada paseo con mi perro; juntos escuchamos a los pájaros, contemplamos los atardeceres y la luna, vamos a la playa y estamos en contacto con la naturaleza. De corazón deseo a los demás los mejores buenos días y felices noches, sonrío, soy amable con las personas que me cruzo y, sobre todo, conmigo misma.
Siempre me he tratado fatal, hasta que entendí que ese no era el camino. Hoy estoy orgullosa de vivir con mi persona, a la que cuido y con la que mantengo un afable diálogo.
A quienes piensen que lo que escribo es fácil decirlo, les presto mis zapatos para que juzguen mi camino.
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