Hay luz en la oscuridad.
Tuve una temporada en la que caminaba sobre los pies del desconsuelo, sin el abrigo de la esperanza. Veía a todo el mundo bien menos a mí, rodeada de agua y sintiendo que moría de sed.
He sabido que una persona que formó parte de mi infancia y juventud ha perdido las ganas de vivir, y de inmediato he quedado con ella. Es alguien a quien llevaba mucho tiempo sin ver y le quiero; por esto último: cuando hay que estar, estamos. He sentido como si nos hubiéramos visto ayer, aunque en realidad fue en su boda hace diez años. Un verdadero amigo viene a tiempo; los demás, cuando tienen tiempo.
Hablando, le he dicho:
—«¿Sabes qué? Tienes a tus padres vivos, la pareja que amas con la que has creado una familia; gozáis de salud; trabajas para el Estado, dispones de ingresos más que suficientes, una posición social excelente y amigos que te queremos. Lo único es que en este momento no puedes verlo o quizás valorarlo, y puedo comprenderte… pero mira mi vida tan envuelta en inestabilidad sentimental, laboral y económica».
Me interrumpe:
—«Quizás yo querría haber tenido a mi hijo hace veinte años y no tres, o estar como tú: sin pareja ni hijos, sin saber qué vas a hacer mañana ni de qué vas a vivir y aun así paseando al perro tranquilamente».
Le contesto:
Te digo de corazón que nunca es demasiado tarde para ser lo que podríamos haber sido o lo que hemos venido a ser. A veces me desmotivo —y mucho—, pero hago todo lo posible por encontrar aliento y alimentar la actitud. Tener ilusiones es vivir; y cuando no las tienes, toca hacerlas».
Le he aconsejado que empiece por alimentarse bien, organizar su espacio, respirar con conciencia, descansar adecuadamente, aceptar las circunstancias, dejar ir y estar en el ahora (no en lo que fue ni en lo que será), que fluya, que no controle y permita a la vida hacer. La parte del deporte me toca a mí, así que nos veremos a menudo para ir a caminar.
Las estadísticas revelan datos escalofriantes sobre el aumento exponencial de suicidios, especialmente entre jóvenes y adolescentes, alcanzando cifras históricas. Es un tema arduo y delicado. Tradicionalmente se consideraba que hablar o informar sobre el suicidio provocaba un efecto llamada. Desde mi punto de vista, este tabú puede estar más relacionado con que, en parte, refleja el bienestar de una población. Altos índices de suicidio suelen indicar problemas subyacentes en la sociedad: elevados niveles de estrés, falta de apoyo psicológico, problemas económicos y otros factores que afectan nuestra salud mental. Quizás por eso algunos gobiernos o instituciones evitan el tema, para no proyectar una imagen negativa de su estado de bienestar.
Cuento esto porque nadie quiere morir; lo que queremos es dejar de sufrir. En la mayoría de los casos hay salida y solución; otras veces, la solución es no buscarla. Se cierra una puerta —o varias— y, antes o después, por algún lugar entra un rayito de luz. Hay cosas mágicas esperando a ser descubiertas.
Debemos empezar por cambiar el enfoque y tener en cuenta que la realidad no es única: cada uno de nosotros habita la que proyecta. Y es seguro que podemos cambiar nuestra forma de ver las cosas, lo que influye directamente en cómo nos las tomamos y, por ende, en el tipo de vida que construimos.
Como pongo en mi página web, en el apartado Mejora tu vida: lo que no se soluciona pasando página, se soluciona cambiando de libro.
Somos lo que hacemos pero sobre todo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.
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